En general, los niños y los perros sienten pasión entre ellos. Cuando una nena ve a un «guau-guau» por la calle, lo señala y nace un deseo irresistible de acercarse a él. Al mismo tiempo ríe con cierto temor al acercar su mano para acariciarlo (todo bajo la atenta supervisión de los adultos, claro).

Y al contrario sucede igual. O al menos Picasso Perro Pastor, que siente fascinación por los niños. Es capaz de hacerse con ellos sin atosigarles y transmitirles con su lenguaje corporal que siente la misma curiosidad hacia ellos. Su táctica es estar ahí, seguirlo a distancia; se queda quieto si el niño se acerca y solo cuando éste se siente más confiado empiezan a interactuar. Y así comienza una breve historia de amor.
Es entonces cuando el niño empieza a comportarse como un niño: grita y ríe de alegría, corre, le tira cosas al suelo, le da palmadas en el lomo y Picasso entra en modo seguirle el rollo. Y verlos juntos, jugando en sus propios términos, es maravilloso. Obviamente, no con todos los niños y perros sucede igual; pero generalmente, si coinciden un largo rato en el mismo espacio y se les da libertad, suele suceder ese reconocimiento fraternal entre ambas especies.



Amor a primera vista
Niña y perro, 1952. Alex Colville.
Lo mismo sucede en este cuadro. Aunque no lleguemos a ver la cara de la niña, podemos sentir la atracción que experimenta hacia el gran perro. La postura de ella parece más confiada que la del perro, que tiene una expresión de pasmo. Esto se da en el ambiente íntimo de un hogar, donde la niña se muestra con una inocente desnudez. Hay una relación de convivencia entre ellos puesto que la niña no muestra señal alguna de miedo o desconfianza y el perro ni un atisbo de agresividad. El tiempo parece haberse detenido en ese preciso momento en el que surge el amor entre ambos.
A nosotros, como espectadores, puede producirnos cierta sensación de inquietud al ver la inocencia de la niña, tan pequeña y desprotegida, en contraste con la figura de este gran perro. Sensación que se acentúa por la cercanía entre ambos, la relación de tamaños, la contraposición de colores oscuro-claro y el espacio constreñido de la composición. Pero ese punto de incomodidad se disipa en cuanto razonamos que la niña (la hija del propio pintor), no estaría tan cerca del perro si el padre no estuviese absolutamente tranquilo en lo que respecta a la seguridad de su hija.
CURIOSIDAD: si te fijas bien, ni el perro ni la niña producen sombras en el suelo, lo que contribuye a crear una atmósfera particular y característica del mundo pictórico del artista, Alex Colville.
MIAU
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